Desde que tengo memoria, el arte ha estado presente en mi vida. Desde chica dibujaba, pintaba, jugaba con plasticina y experimentaba con todo lo que pudiera transformarse entre mis manos. A los nueve años hice un año de cerámica gres junto a mi mamá. Guardo recuerdos muy lindos de esa experiencia, aunque en ese momento todavía no imaginaba cuánto significaría para mí años después.
Crecí en una casa donde el arte también estaba presente de otras maneras. Siempre había música sonando: principalmente clásica, jazz y rock. Mi papá es un fanático de la música, y gracias a él aprendí a convivir con ella como parte de lo cotidiano. También crecí rodeada de una biblioteca llena de libros de arte, fotografía y cocina. De chica no era muy lectora, pero podía pasar mucho tiempo hojeándolos, observando las imágenes, los colores, las formas y las texturas. Sin darme cuenta, quizás ya estaba aprendiendo a mirar.
En el colegio nunca me sentí demasiado identificada con las materias tradicionales. La matemática no era lo mío; en los idiomas mezclaba constantemente la gramática, tenía muchas faltas de ortografía y me ponía nerviosa cuando tenía que hablar en voz alta. En cambio, cuando entraba a una clase de arte, todo parecía tener otro sentido.
Tuve la suerte de estudiar en un colegio donde podía elegir hasta seis horas de arte a la semana. Esas eran mis mejores clases. Lo pasaba bien, me reía, experimentaba y, sobre todo, sentía que era buena en algo que realmente disfrutaba. Me sentía cómoda ahí. En mi graduación me premiaron como artista de la generación, un reconocimiento que guardo con especial cariño.
Por eso, cuando llegó la típica pregunta de qué iba a estudiar, nunca tuve demasiadas dudas. Siempre supe que quería estudiar Artes Visuales.
Mis papás me apoyaron desde el comienzo y, hasta el día de hoy, siguen acompañándome. Están presentes en mis exposiciones, en mis festivales y visitando mi taller. Su apoyo ha sido una parte importante de este camino y de la posibilidad de haber seguido aquello que desde chica sentía que era mío.
Durante la universidad elegí la mención de pintura. Fue una etapa de exploración constante, de probar técnicas, materiales y distintas formas de expresar lo que tenía en mente. Más adelante hice un diplomado en escultura en cerámica, y ahí ocurrió algo que siento como un verdadero redescubrimiento de mi manera de crear.
La cerámica me enseñó algo que hoy es fundamental en mi manera de entender el arte: crear con las manos también es aprender a ir más lento. Es observar, probar, equivocarse, esperar y volver a empezar.
Cuando trabajo con arcilla, no siempre sucede aquello que había imaginado. A veces una pieza se rompe, una forma no funciona o el resultado toma un camino completamente distinto al que había pensado. Antes quizás habría entendido eso como un error. Hoy lo veo de otra manera.
La arcilla se puede desarmar. Se puede volver a amasar. Se puede transformar.
Y esa posibilidad me interesa profundamente.
Hay algo en ese proceso que me obliga a bajar el ritmo, a estar presente y a aceptar que no todo tiene que resolverse a la primera. La materia también tiene algo que decir. A veces las manos encuentran un camino antes que la cabeza y, en ese encuentro, aparece una forma que nunca había imaginado.
Eso es parte de lo que más me apasiona de la cerámica: poder explorar distintas técnicas de modelado, experimentar con diferentes arcillas y transformar una idea en algo que puedo tocar. Mis manos se convierten en una extensión de lo que pienso y siento. A través de ellas puedo comunicar, expresar y también proteger aquello que para mí es importante.
Mi trabajo ha estado siempre ligado a la naturaleza. Encuentro en ella una fuente inagotable de inspiración: en sus colores, sus texturas, sus formas y también en sus cambios. Observarla me permite encontrar nuevas maneras de mirar y de entender el mundo que me rodea.
A través del arte encuentro una forma de manifestarme, pero también una manera de generar conciencia. Me interesa transmitir la importancia de cuidar aquello que nos rodea y de relacionarnos con la naturaleza desde un lugar más atento y respetuoso.
Hoy entiendo la cerámica no solo como una forma de crear, sino como una manera distinta de habitar el tiempo. Un tiempo más lento, más consciente y más conectado con el presente.
Trabajar con arcilla me ha enseñado que no todo tiene que salir como lo imaginamos. Que algunas cosas necesitan tiempo, que otras necesitan romperse para poder transformarse y que incluso en el error puede existir una nueva posibilidad.
Quizás eso es lo que más me atrae de trabajar con las manos: la posibilidad de no saber exactamente hacia dónde voy y, aun así, confiar en el proceso.
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