Newsletter Julio 2026



Mali nació de una pregunta simple: ¿por qué tenemos que hacer las cosas como todos?
Desde 2018 creemos que se puede vivir y vestir distinto: ropa auténtica, que transmita algo, que acompañe una vida en movimiento. No hacemos ropa solo para yoguis, es para toda mujer que se mueve, en la disciplina que sea: running, pilates, danza, surf, funcional, o lo que la haga sentir viva.
Diseños propios, calidad real, conciencia ambiental. Con personalidad y color, porque las chilenas también podemos atrevernos a salir de lo de siempre.
Hoy el 8 se da vuelta y se convierte en infinito, porque 8 años después seguimos creyendo lo mismo: el movimiento aumenta el amor propio, y esa es la clave para ser feliz.
Ser auténticas será siempre nuestro anhelo y guía de ruta.
¡Son todas bienvenidas a seguir en movimiento!
8 años de historias reales. Infinitas por venir.


Magallanes más allá de Torres del Paine
La Patagonia que se descubre entre estancias y kilómetros de estepa.

Cuando uno dice que va a Magallanes, la respuesta suele ser automática.

—¿Van a Torres del Paine?

Es lógico. El parque nacional se ha convertido en el gran ícono de la Patagonia chilena y, para muchos viajeros, en sinónimo de toda la región. Pero basta mirar un mapa para darse cuenta de que Magallanes es muchísimo más grande que sus montañas más fotografiadas. Hacia el este, la Cordillera de los Andes desaparece y la estepa agarra protagonismo, y nos metimos en una Patagonia menos conocida, muy ligada a la vida de quienes la habitan.

Así que decidimos cargar la camper en pleno invierno.

La Ruta 9 deja atrás Punta Arenas y, poco a poco, el paisaje empieza a vaciarse y el viento marca el ritmo del viaje. En esta época del año no hay caravanas de turistas ni estacionamientos llenos. Las carreteras pertenecen a los camiones, a los guanacos y a quienes entienden que recorrer la Patagonia también significa aceptar sus tiempos.

Nuestro primer destino fue la Estancia Punta Delgada, un lugar donde el invierno es una forma distinta de vivir el territorio. Mientras gran parte de la actividad ganadera disminuye tras las temporadas de esquila y arreo, la vida cotidiana continúa con la misma naturalidad de siempre. La escuela sigue recibiendo a los niños, la biblioteca permanece abierta y el pequeño restaurante sigue siendo el punto de encuentro cuando el frío obliga a buscar refugio al final del día.

Punta Delgada funciona como un pequeño poblado perdido en la inmensidad de la estepa. Aquí las distancias se miden en horas de camino y el clima determina gran parte de la rutina. Conversar con sus habitantes permite entender una Patagonia que pocas veces aparece vemos,  una donde el aislamiento es  parte de la identidad de quienes eligieron quedarse.

Dormir en la camper, con el viento golpeando la carrocería durante toda la noche, terminó siendo una de las experiencias más memorables del viaje. Hay algo muy reconfortante en despertar con el paisaje blanco por la escarcha, preparar un café mientras el sol apenas comienza a iluminar la pampa y saber que no existe ningún itinerario apurado esperándonos más allá del parabrisas.

Desde Punta Delgada seguimos avanzando hacia el extremo oriental del continente. El camino termina en uno de esos lugares que, pese a su enorme importancia histórica, reciben apenas una fracción de los visitantes que llegan cada año a Magallanes: el Faro Punta Dungeness.

Construido a fines del siglo XIX para guiar a las embarcaciones que ingresaban al Estrecho de Magallanes, este faro continúa operando hasta hoy en uno de los rincones más australes del continente americano. Frente a él, el paisaje resume la geografía del extremo sur. El mar, el estrecho, las colonias de aves marinas, el viento permanente y una sensación de inmensidad difícil de encontrar en otros lugares.

Permanecer unos minutos allí basta para comprender que Magallanes nunca ha sido únicamente un destino de montaña. También es tierra de navegantes, de fareros, de estancias centenarias y de comunidades que han aprendido a convivir con uno de los climas más exigentes del planeta.

Quizás por eso este viaje terminó con la idea de que los mejores descubrimientos aparecen cuando decidimos dejar fuera los lugares más evidentes. Porque mientras miles de personas siguen poniendo rumbo a Torres del Paine, existe otra Patagonia que espera apenas unas horas más al este. Una Patagonia donde no se busca tachar un imperdible de la lista, sino en detenerse a escuchar las historias de quienes siguen haciendo vida en el fin del mundo.


Constantemente buscamos afuera respuestas, mensajes, señales o estrategias que nos ayuden a vivir mejor y, por supuesto, a sanar.

Buscamos una nueva rutina, un suplemento, una alimentación diferente o alguna herramienta que nos prometa sentirnos mejor. Y ojalá encontremos prácticas que realmente nos acompañen.

Pero desde que comencé a estudiar Ayurveda entendí algo fundamental: somos parte de algo mucho más grande que nosotros y la autoobservación es una de las claves para vivir con mayor equilibrio, consciencia y salud.

Antes de incorporar cualquier cambio, necesitamos escucharnos y preguntarnos:

¿Cómo me siento?
¿Cómo estoy viviendo este proceso?
¿Tengo más energía?
¿Esto realmente me está haciendo bien?

El Ayurveda nos recuerda algo muy profundo: antes de intentar corregir, necesitamos observar. Antes de actuar automáticamente, necesitamos aprender a escucharnos.

Tu cuerpo te habla durante todo el día.

Te habla a través del ánimo con el que despiertas, de la manera en que digieres, de la calidad de tu sueño, de la energía que tienes a media tarde, del estado de tu piel, de tu ciclo, de tu apetito y también de esos pensamientos o emociones que vuelven a repetirse.

El problema no es que el cuerpo deje de avisarnos. Muchas veces, somos nosotras quienes dejamos de prestarle atención.

Para el Ayurveda existen tres energías fundamentales: Vata, Pitta y Kapha.

De manera sencilla, Vata se relaciona con el movimiento; Pitta, con la transformación y el metabolismo; y Kapha, con la estructura y la estabilidad.

Las tres están presentes en cada persona en proporciones diferentes y necesitan mantenerse en un equilibrio dinámico para favorecer la armonía del cuerpo y la mente.

Pero estar en equilibrio no significa permanecer siempre iguales.

La vida cambia. Cambian nuestras responsabilidades, el cuerpo, el entorno, las relaciones, el trabajo y nuestras necesidades.

Por eso, el equilibrio no es un estado perfecto o inmóvil. Es la capacidad de adaptarnos conscientemente a lo que está ocurriendo dentro y fuera de nosotros.

Y para reconocer que algo se ha desajustado, primero necesitamos saber cómo se siente nuestro cuerpo cuando estamos bien.

Por eso la observación no es un detalle ni una práctica secundaria. Es la base del autoconocimiento, de la prevención y de cualquier proceso de autosanación.

Desde esta mirada, la salud no es solamente la ausencia de enfermedad. La prevención, la sanación y la posibilidad de vivir de una manera más consciente son una forma de vida.

El Ayurveda nos invita a asumir un rol activo en nuestro bienestar, reconociendo que la salud también se construye a través de las decisiones que tomamos cada día.

Nuestra alimentación, los horarios, el descanso, el movimiento, el trabajo, las relaciones y la forma en que gestionamos nuestras responsabilidades pueden favorecer o alterar nuestro equilibrio.

Dentro de esta forma de vida, la rutina diaria ocupa un lugar esencial.

La rutina entrega seguridad al sistema nervioso y permite que el organismo funcione con mayor armonía. Si eres madre, observa a tu bebé: cuando tiene ritmos relativamente predecibles para dormir, alimentarse y descansar, suele sentirse más tranquilo y regulado. Con nosotras ocurre algo parecido; el cuerpo también necesita ritmos que le den sostén.

Pero una rutina adecuada no significa vivir bajo reglas rígidas ni intentar controlar cada minuto del día.

Créanme, yo tampoco vivo así.

Se trata de incorporar algunas prácticas que nos hagan bien y, al mismo tiempo, dejar de sostener aquello que nos desequilibra.

Una rutina puede comenzar con acciones tan simples como despertar a una hora similar, respetar los horarios de las comidas, mover el cuerpo, disminuir los estímulos durante la noche y preparar conscientemente el descanso.

Pero para saber qué rutina realmente nos hace bien, necesitamos observarnos.

Una práctica puede equilibrarnos durante una etapa y dejar de hacerlo cuando nuestras condiciones cambian. Por eso el Ayurveda no nos entrega una fórmula fija: nos enseña a observar, ajustar y volver al equilibrio una y otra vez.

La autosanación no significa dejar de necesitar apoyo médico, terapias, tratamientos o acompañamiento.

Significa participar activamente en nuestro bienestar, reconocer nuestras señales, comprender nuestros patrones, pedir ayuda cuando sea necesario y responder con mayor consciencia.

Cuando te sientas en desajuste, te invito a preguntarte:

¿Qué ha cambiado en mí?
¿Qué me está desequilibrando?
¿Qué necesita mi cuerpo en este momento?

Aquí te comparto cuatro prácticas simples para entrenar la autobservación:

1. Observa cómo te sientes

Al despertar y antes de dormir, pregúntate cómo está tu energía, tu digestión, tu ánimo y tu cuerpo.

No siempre necesitas actuar de inmediato. Primero observa.

Esa pausa puede ayudarte a tomar mejores decisiones y a reconocer cambios antes de llegar al límite.

2. Crea una rutina que te sostenga

Dormir, alimentarte, moverte y tener momentos de calma son pilares fundamentales de la salud.

No necesitas cambiar toda tu vida. Comienza con una estructura sencilla que puedas sostener: dormir un poco antes, respetar una comida, caminar, leer, meditar o respirar conscientemente.

3. Pregúntate qué necesitas realmente

Un día difícil no define toda tu vida. Pero cuando una señal se repite durante varias semanas, merece atención y, si es necesario, también una consulta profesional.

Antes de reaccionar automáticamente, haz una pausa y pregúntate:

¿Qué necesito realmente en este momento?

4. Confía en lo que percibes de ti

Lo que equilibra a otra persona no necesariamente te equilibra a ti.

Escuchar tu experiencia, reconocer tus señales y validar lo que sientes también es una forma de recuperar autonomía sobre tu bienestar.

La autosanación no es una fórmula externa ni un método que se aplica de la misma manera para todas las personas.

Es la capacidad de volver a ti, escucharte con honestidad y responder con mayor coherencia a lo que tu cuerpo necesita.

Observarte no debería convertirse en una tarea más.

Puede ser una pausa.

Un espacio para conocerte.

Una forma de dejar de llegar al límite antes de comenzar a cuidarte.

Porque cuando aprendes a reconocer tus señales, también desarrollas la capacidad de adaptarte, tomar decisiones más conscientes y construir una forma de bienestar que realmente tenga sentido para ti.

¿Qué te ha estado diciendo tu cuerpo esta semana que todavía no has escuchado?

Con cariño,

Carla Ciorba Veloso


Soy Camila Costa. Amante del movimiento, de la naturaleza y de todo lo que el deporte me ha enseñado a lo largo de la vida. Mi historia ha estado siempre ligada al movimiento y desde ahí he construido mi camino personal y profesional.

Nací en Perú al ladito del mar y viví allí hasta los diez años. Aunque hace ya casi veinte años que vivo en Chile, mis raíces siguen estando allá, donde vive gran parte de mi familia.

Desde muy chica fui una niña con mucha energía, por lo que mis papás decidieron meterme a gimnasia artística cuando tenía 3 años. A los 5 ya entrenabamos de lunes a sábado, con mucha exigencia y campeonatos. Fueron años de mucho aprendizaje, disciplina y constancia. La gimnasia ocupó una parte importante de mi vida hasta los doce años y me ayudó a desarrollar herramientas como la perseverancia, el compromiso y la capacidad de seguir adelante incluso cuando las cosas se ponen difíciles.

 A los diez años mi vida tuvo un cambio de rumbo. Con la separción de mis papás, nos vinimos con mi mamá a Chile. De la noche a la mañana cambiamos la ciudad a las orillas del mar, por la presencia de la montaña en Santiago. Llegué a una cultura nueva y con ello nuevas oportunidades, amistades y rumbos inexplorados.

Al pasar de los años, me fui dejando de a poco la rigurosidad del entrenamiento competitivo, y cambiándolo por espacios donde la naturaleza, el juego y la comunidad se fusionaban en nuevos desafíos.

En esos años participé 14 años en el grupo scout así como en el equipo de fútbol de durante toda la media . Partidos, campamentos, aventuras y largas conversaciones al aire libre me enseñaron a trabajar en equipo, el valor de la amistad, a observar con atención el mundo que me rodea y a encontrar felicidad en las cosas simples.

Cuando entré a estudiar Pedagogía en Educación Física, mi vínculo con el deporte se amplió aún más. Comencé a profundizar el amor por los deportes en contacto con la naturaleza y aproveché cada oportunidad para salir a explorar. El trekking, la escalada, el randonee  y el surf se tomaron toda mi atención y energía. Sentía que mi cuerpo podía hacerlo todo y que el movimiento era sinónimo de libertad.

En esa etapa descubrí que la aventura y el deporte eran una forma de conocer el mundo. Fueron años en que la curiosidad de ver allá afuera se apoderó de mí, tomando cada oportunidad para viajar y explorar los rincones en nuestro planeta.

En esos años pude realizar un certificado en Outdoor Education en Nueva Zelanda, hacer algunas travesías en velero por el océano Pacifico y conocer las profundidades de Sudamérica casi que completo.


Pero llegó un momento en que todo se detuvo. Durante años había exigido mucho a mi cuerpo y las señales comenzaron a aparecer. Me dolía la espalda baja y había movimientos que evitaba porque ya no me resultaban cómodos. Un día , jugando un partido de handball en la universidad, salté y caí sentada sobre una cancha de cemento. El golpe fue fuerte; apenas podía respirar. Al día siguiente viajaba a Estados Unidos para trabajar como instructora de esquí, así que decidí ignorar el dolor pensando que desaparecería con el tiempo.

Mientras trabajaba allá, el dolor empeoró, pero no le hacía caso, largas jornadas de trabajo, mucho frío y las ganas de que llegara un buen pago a fin de mes. Hasta que una pierna comenzó a dormirse, me costaba mantenerme de pie y algo tan simple como elongar se volvió un sufrimiento. Cuando regresé a Chile finalmente fui al doctor y recibí el diagnóstico: una hernia lumbar. Ese momento cambió por completo mi forma de entender el deporte.

Se acababa la diversión y era hora de hacerse cargo.

Tuve la suerte de contar con un proceso largo de recuperación. Poco a poco fui recuperando la fuerza, estabilizando mis articulaciones y aprendiendo a reconocer qué movimientos me hacían bien y cuáles no. Y porfin ahí me di cuenta que la  fortaleza no está en aguantar más, sino en saber cuándo parar y cuándo avanzar.

Dos años después me sentía nuevamente fuerte, pero había perdido gran parte de mi movilidad. Fue entonces cuando me di cuenta que debía enfocarme en moverme mejor, sentirme ágil y habitar mi cuerpo con libertad. Empecé a mirar el movimiento desde una perspectiva mucho más amplia y entendí que un cuerpo saludable necesita equilibrio.

Todo este proceso vino acompañado de un aprendizaje emocional: aprender a querer mi cuerpo, tener un diálogo interno con él y a darle lo que necesita. Y entre todas esas cosas apareció una palabra que antes había ignorado por completo: DESCANSO.   Cuando logré disfrutar el descanso es cuando logré empezar a avanzar de nuevo.

Hoy sigo practicando los deportes que me gustan, me divierten y también me desafían. Pero además tengo la suerte de compartir todo este aprendizaje con otras personas. Como profesora, acompaño a niños y niñas a descubrir el movimiento desde el juego, la confianza y el disfrute. Y en mis entrenamientos con adultos intento transmitir la importancia de escuchar al cuerpo, respetar sus tiempos y entender que la constancia es clave para nuestro bienestar.

Porque después de todo este camino, creo que moverse no se trata solo de rendir más, sino de construir una relación sana con nuestro cuerpo, para habitarlo con disfrute toda la vida.