Newsletter Marzo 2026


MALI

 

Hay momentos en que todo parece ordenado por fuera, pero por dentro algo empieza a incomodar. Una sensación tenue, que aparece y desaparece. Esa es la intuición.

Y aunque la intentemos callar con agendas y tareas, siempre vuelve. A veces vuelve porque hay algo que ya cumplió un ciclo. Otras, porque estamos sosteniendo una vida que funciona en el papel, pero que no se siente alineada con lo que queremos. Y otras, simplemente, porque tenemos sueños que se quedaron esperando su turno.

 ¿Qué pasa cuando lo que tengo “debería ser suficiente”, pero no lo es?

 Nos enseñaron a decidir con la lógica por delante. Siempre tener en cuenta la estabilidad, la seguridad, y la trayectoria. Pero los sueños no funcionan así y las metas personales tampoco. No aparecen en un Excel o en nuestro plan de cinco años; aparecen en el estómago, en una idea que se repite, en una conversación que te deja pensando. A veces no cambiamos de rumbo porque no podamos, no cambiamos porque nos da miedo aceptar lo que realmente queremos. Los sueños también incomodan, ya que son una invitación a movernos, y moverse no siempre es fácil.

 Muchas veces posponemos lo que queremos porque sentimos que “no es el momento”, que “no es tan importante”, que “cómo voy a cambiar algo que funciona”. Pero los sueños tienen una paciencia rara, saben esperar, pero también siempre saben insistir. Nos recuerdan que hay algo más que podemos ser, crear o vivir, algo que quizá no elegimos antes, pero que hoy sí nos hace sentido.

El tener miedo no es una señal de error, sino la confirmación de que el sueño importa lo suficiente. Cambiar de rumbo no significa tirarlo todo por la borda y lo que sí requiere es valentía. El miedo aparece porque estamos tocando algo valioso. Los sueños reales siempre dan un poco de susto, porque nos muestran una versión de nosotras mismas que aún no conocemos. 

La intuición y los sueños trabajan en conjunto. Cuando los dos coinciden, aparece esa sensación clara, a veces incómoda, a veces liberadora, de que es hora de mover algo. De hacer espacio y ensayar otro camino. Y no hace falta entender todo el viaje desde un principio, basta una acción pequeña que honre lo que sentimos, como inscribirse en un curso, hacer una llamada, decir que no a lo que ya no resuena, decir que sí a lo que nos entusiasma sin explicación lógica.

Atreverse no siempre significa dar un salto gigante; a veces es apenas mover un pie. Es decir “voy a intentarlo”, aunque la voz interna tiemble. Es elegir un camino que se siente más real que cómodo. Al final, no se trata de tener certezas, porque la vida no premia la perfección, sino que premia la valentía de quienes se escuchan, se permiten soñar y se animan a dar ese primer paso que puede cambiarlo todo.

 



Aparte de hacer las torres del Paine el 2018, nunca he sido una persona que sube muchos cerros o hace trekkings seguido. Mi mejor amiga en cambio es corredora nacional de Trail running, y mi hermano vive en los Alpes y sube cerros todas las semanas. En el verano me convencieron de subir con ellos el Pintor, un cerro bastante complejo para personas no acostumbradas a las altas cumbres. Fui pensando que me iba a morir, que no lo iba a lograr y que lo iba a pasar pésimo… Pero paso todo lo contrario, me enamore del Pintor, me enamore de subir cerros y me comprometí a hacer con ellos el tour del Mont Blanc en septiembre (pensando que en realidad nunca lo íbamos a hacer).

 Llego mayo y reservamos refugios, planificamos rutas y el viaje se fue volviendo cada vez mas real. empecé a subir cerros una vez a la semana, asustada de que no me la iba a poder. 170 kilómetros y aprox. 10 kilómetros de desnivel positivo acumulado en 7 días sonaban bastante complicado. 

Partimos y terminamos en Chamonix, una ciudad preciosa, con vistas increíbles al Mont Blanc y un millón de restaurantes, cafeterías y tiendas para reponerse del viaje. Caminamos por montanas preciosas, paisajes increíbles, y ciudades en la mitad de la nada. Vimos vacas, ovejas, cabras, y pastores cuidando a sus animales. Nos reímos mucho, lloramos y disfrutamos y sufrimos. Comimos en cada refugio comidita caliente, casera y servida por locales. Pasamos frio, pasamos calor, nos intoxicamos y vomitamos, nos recuperamos, nos ayudaron y nos cansamos. 
Un viaje lleno de experiencias, memorias, y desafíos. Un viaje lindo para no olvidar nunca. Un viaje que demuestra que si te lo propones, todo se puede lograr.